¿Mi nombre...? Ya no lo recuerdo. Hace demasiado tiempo de aquello como para recordar algo tan vano. Lo que sí recuedo es que me llamaban Mary. Seguramente era el diminutivo de un nombre mucho más elaborado, pues era la época de ese tipo de nombres en la Londres del sigo XVII.
Yo nací en un gran caserío, a las afueras de la ciudad, en el seno de una familia bastante repleta. Los que fueron mis padres se querían, y mis cuatro hermanos mayores (todos hombres), no se llevaban especialmente mal. Fue en invierno de 1615, recuerdo, cuando yo cumplí los nueve años, cuando conocimos a una extraña pareja en el teatro. Íbamos a ver la misma actuación, y se sentaron junto a nosotros, en el palco.
Mis padres les lanzaron una mirada desconfiada y yo me maravillé al verlos. Eran bellos. Tenían la piel lívida y una belleza entre sutil y salvaje que me hipnotizó. La mujer era suave y hermosa y gozaba de una larga melena rizada y dorada que caía hasta la cintura, y que se había adornado con un par de plumas. El hombre, terriblemente apuesto, tenía unos grandes ojos grises que en cuanto se cruzaron con los míos, me pararon el corazón.
El hombre pareció extrañarse al principio al verme, pero luego me dedicó una bella sonrisa y volvió a mirar al frente. La actuación comenzaba.
Fue esa noche la primera vez que supe de la existencia de ellos. De... vampiros.
En el descanso salí corriendo persiguiendo a esa misteriosa pareja, que nunca antes había visto. En cuanto me encontré en la calle, en donde muchos hombres salían para charlar y las mujeres para tomar el aire agitando con esmero sus abanicos, los vi alejarse hasta la calle contigua. Me aventuré tras ellos. Entonces me encontré con cinco igual de bellos, y sonreí. ¿Quiénes serían? Y... ¿qué estaban haciendo?
No tardé en ver a dos mujeres demasiado maquilladas agazapadas contra la pared de un edificio, protegiéndose con sus brazos. Gemían de dolor. Vi al hombre del teatro acercándose a ellas, y observé cómo mordía su cuello. En ese momento el miedo me paralizó. En cuanto vi la sangre, comencé a tener nauseas. Quería... ¡necesitaba salir de allí!. Moriría a manos de... ¡vampiros!
Quise girarme, pero pisé un charco y llamé su atención. Se giraron rápidamente hacia mí y se abalanzaron sobre mi diminuto cuerpo. Pero una voz les detuvo, y unos brazos me rodearon suavemente, en actitud protectora. Era el hombre del teatro, y vi con horror que aún le quedaba sangre en la comisura del labio y la barbilla.
-No os atreváis a tocarla -dijo-. Ella tiene parte de nuestra esencia en su sangre.
Miré al vampiro con espanto. ¿Qué quería decir? Los demás vampiros me contemplaron largamente y finalmente asintieron.
-Es una mestiza... Habrá que convertirla. Es un error de la naturaleza -dijo uno de ellos.
-Pero no podemos ahora. Es muy pequeña.
-Habrá que mantenerla vigilada -saltó la mujer; todos se volvieron hacia ella-. En cuanto comience a tener hambre, será un problema.
El hombre asintió de una sola vez, y yo comencé a negar con la cabeza, nerviosa.
-No... os equivocáis. ¡Yo no soy una de vosotros! ¡Soltadme! -traté de soltarme del abrazo del hombre, pero aunque delicado, era fuerte.
Grité y pegué patadas, pero no pude resistirme, y cuando la segunda parte iba a dar comienzo en el teatro, fue la pareja la que me acompañó al interior, cogiéndome la mujer de la mano. Yo lloraba por los nervios, pero mis padres no se dieron cuenta.
Si para los vampiros era un error de la naturaleza...
... para mis padres no existía.
Cierto era que mi padre no es en realidad mi padre, pues no había heredado nada de él, y que en algo me parecía a mi madre. Entonces tenía el cabello negro ondulado y los ojos azules. Muy azules. Era paliducha, y lo extraño de mí en ese entonces era que siempre tenía la piel helada, y que, sin embargo, nunca tenía frío. Soportaba bien esos cambios bruscos de temperatura, aunque sí que los sentía... No como ahora, que mi piel está muerta, y ya poco puede sentir.
A la mañana siguiente me encontré con una situación curiosa. Se presentó uno de ellos en la puerta de mi casa, ofreciéndose como profesor particular de piano. Teníamos nosotros un precioso piano de cola negro en el salón, y ya nadie lo usaba, así que mis padres lo contrataron. Ninguno de mis hermanos quiso aprender, pues el joven vampiro aparentaba cerca de dieciocho años, y el mayor tenía veinticinco. Por mero orgullo, no quisieron que les diese clases, así que sólo me dio a mí.
En cuanto a estuvimos a solas en el saló se presentó. Se llamaba Devlin Darkcliff, y era el hijo del vampiro del teatro y su mujer, cuyos nombres eran James y Victoria Darkcliff. Los otros dos vampiros de la noche del callejón eran hermanos de Devlin, y se llamaban Thomas y Andrew. Prometió presentármelos.
Yo me pregunté a qué venía tanta amabilidad teniendo en cuenta las palabras que dijeron sobre mí la noche anterior, y él me contestó con una simple frase. Lo que me sorprendió fue lo que vino luego.
-Hasta el más mínimo error tiene su explicación. Y además, tu esencia es muy extraña, y James quiere saber de quién eres hija.
-¡Pues de mis padres! -exclamé, tocada.
Se rió por todo lo alto con una risa melodiosa, perfecta, natural, antes de mirarme con unos ojos grises que me impactaron más de lo que me habían impactado los de James Darkcliff. Y es que efectivamente, Devlin era un vampiro aún más atractivo que él.
-Por supuesto. La cuestión es el padre. Ya sé quién es tu madre y ella no se acuerda de nada.
Lo miré, extrañada.
-¿Cómo lo sabes?
-Pues porque al verme no se asustó.
-¿Ya la conocías?
-No, claro que no. Pero tendría que reconocernos, y sólo miró mal a James y a Victoria por su elegante vestuario. No creo que se diese cuenta de quienes eran.
Enarqué una ceja, totalmente perdida. Entonces, comenzó la clase, y al mismo tiempo, mi instrucción sobre el mundo de los vampiros. Un mundo, al que yo pronto pertenecería.
Aun así, y viendo lo natural que me resultaba escuchar el menú del día de ellos, no supe en ese momento por qué mis manos temblaron sobre el teclado en el instante en el que Devlin me confesó que tenía un olor peculiar... y exquisito.
